Los diez signos que muestran que eres complaciente

Agradar a los que nos rodean no es malo. De hecho, es algo muy bueno porque verlos felices hace que nos sintamos felices nosotros también.

Sin embargo, encadenarte de pies y manos a lo que quieran los demás por hacerlos felices, aunque eso pueda perjudicar tu propia felicidad… es algo totalmente distinto.

Y, lamentablemente, es lo que ocurre en la mayoría de los casos de una persona complaciente.

¿Sientes que, por mucho que das de ti a los demás, nunca están del todo satisfechos? ¿Te abruma pensar que si dices que no a algo de lo que te pidan… puedan darte la espalda? ¿Dudas de tus actos por no saber si será lo suficientemente bueno?

Y la pregunta más importante… ¿Bueno para quién?

Ya hemos hablado de lo que es ser complaciente, así como algunos de los problemas que pueden dañar nuestra autoestima sólo por ese motivo. Sin embargo, hay muchos casos en los que es difícil detectarlo porque, de primeras, es una persona muy fuerte, con mucha iniciativa…

¿Es ese tu caso? ¿No sabes si te frustras… por ser complaciente?

¿Cuáles son los signos de una persona complaciente?

Estás de acuerdo (aún cuando estás en desacuerdo)

A veces me da por ver First Dates. Es la hora de la cena, me entretiene, y si me tengo que levantar de la silla, no me pierdo nada del otro mundo. A parte que me río bastante con los cuadros que salen ahí, aunque otras veces me horroricen por exactamente lo mismo.

Una de las cosas que más he visto en ese programa, y que me da que pensar, es lo fácil que cambiamos de opinión en función de la persona que tenemos delante.

Puedes dar una negativa de primeras, pero cuando escuchas su razonamiento, alteras tu respuesta con una evasiva sobre el argumento inicial, dándole la vuelta a la tortilla para que concuerde más con lo que opina la otra persona.

Te explicas, contradiciendo lo que has dicho antes, para opinar lo mismo que el de delante. Y lo veo bien en una entrevista de trabajo, o con un cliente en un momento puntual.

Sin embargo, esto es insostenible si lo haces siempre, porque acabarás sin saber qué estás pensando.

Te disculpas demasiado

Hay una diferencia abismal entre ser políticamente correcto (ingleses, irlandeses… disculpándose cada dos por tres cuando caminan) y disculparte ante cualquier decisión que tomas.

Empezar un discurso con el típico “Perdona que te moleste…” o no defender una decisión que has tomado cuando puede que te propongan un cambio, dando por hecho que la tuya es incorrecta, en vez de decirle por qué has hecho lo que has hecho y dar tu punto de vista… Acabará haciendo que, cuando necesites tomar una decisión, preguntes para que te den el visto bueno.

Siempre hay alguien que revisa tu trabajo

Si más de una vez te han propuesto un cambio sobre lo que has decidido originalmente, y siempre lo aceptas, y te disculpas por la decisión que tú mismo has tomado… Acabas perdiendo autoridad sobre tus acciones.

Por mínimas que sean.

En ocasiones, puede que alguien revise lo que haces, bien porque se escapa de tu control o porque así se requiere, pero si lo hace de continuo… Malo.

Te preocupan demasiado los sentimientos de los demás

Se confunde empatía con ser complaciente.

Una persona empática es aquella que puede ponerse en la piel de los demás. Entiende su situación y simpatiza con sus sentimientos. Si esa persona, además de empática, es sensible, incluso los puede llegar a asumir como propios, afectándole en mayor o menor medida.

Es fácil confundirlo con una persona complaciente, porque de primeras, la actuación es la misma. 

Ponerse en sus zapatos e incluso sentirlo como suyo. 

La diferencia radica en que una persona complaciente se preocupa no por lo que les ocurre a esas personas, sino por cómo pueden reaccionar según actúe ella respecto a eso. Puede sonar retorcido, pero la necesidad de aceptación que tiene le obliga a reaccionar de una forma desmesurada.

No aceptas préstamos (o ayuda) de amigos

El hecho de no estar en tu mejor momento puede hacer que tus amigos y familiares intenten ayudarte, ya sea con ánimos, o hasta a nivel económico. 

El mero hecho de pensar que le ayudan por pena, o incluso que puedan a cambiar de la opinión que tanto les ha costado conseguir frente a los demás de servicial y fuerte, a débil y necesitado… les impide aceptar cualquier tipo de ayuda.

Son incapaces de apreciarla por ese miedo al rechazo intrínseco en ellos.

Blasfemas por lo bajini cuando cargas con la culpa de lo que ha hecho otro, pero no dices nada

No conozco a nadie que, trabajando, o en un entorno social (familiar, con amigos…) no se haya llevado una bronca por algo que no ha hecho.

La diferencia está en cómo reaccionan a este tipo de situaciones:

  • Los hay que no dicen nada pero se sienten con la cabeza tranquila porque saben que no va con ellos, así que siguen haciendo lo que les da la gana.
  • También están los que vociferan, defendiéndose a sí mismos como si su vida dependiera de ello, pero no delatan, bien porque no saben quién ha sido, no les importa quién lo haya hecho, o porque les cae bien esa persona y pasan de que aguante lo que les han dicho a ellos.
  • Hay otros que incriminan, quitándose el muerto de encima a la primera.
  • Y, ya que hablamos de los complacientes… están los que agachan la cabeza, aguantan el chaparrón, y luego blasfeman cuando están solos porque nadie ha salido en su defensa.

Si no eres capaz de defenderte a ti mismo, ¿por qué debería hacerlo el resto?

Actúas como las personas que están a tu alrededor

Hay gente a la que no le gusta ser el centro de atención, por lo que en muchas ocasiones se reserva su opinión o le quita importancia a una victoria personal o profesional.

Puede que tú seas ese tipo de personas, y ahora mismo te estés preguntando si lo haces por ser complaciente. No suele ser el caso.

La diferencia entre los que no quieren destacar, o que pongan otros la mirada en ellos, y los que son complacientes, es que estos últimos se vuelven veletas para ser igual que los demás.

Aunque eso implique descartar sus propias creencias, o cambiar de decisión sólo por eso mismo.

Siempre dices que sí

Para agradar, antepones sus necesidades por encima de las tuyas propias, por lo que ante cualquier petición eres el primero en salir voluntario. 

¿Cómo no vas a hacerlo? Seguro que te lo está pidiendo por una buena razón…

¿Y si por hacerlo estás traicionándote a ti mismo? ¿Lo harías? ¿Lo has hecho ya?

Evitas, por encima de todo, el conflicto

Una cosa es que no te gusten las discusiones, o los enfrentamientos. No es algo agradable, y no le gusta a casi nadie, por lo que intentas sortear el temporal para no enfrentarte a ello.

Un conflicto puede aparecer en tu cabeza por una diferencia de opiniones, cuando en la de la otra persona es una conversación totalmente normal.

Y, otras veces, para defenderte a ti mismo, tengas que entrar al trapo en este tipo de situaciones.

¿Qué prefieres? ¿Sucumbir y resignarte? ¿O levantarte y luchar?

Lo pregunto porque por ejemplo, en mi pueblo hay una estatua por lo que le pasó a más de uno por tener sus ideales firmes y hasta el final. 

Cuentan que, en la guerra, el verdugo le dijo a un preso que cambiara de opinión para que la pena fuera menor, ya que lo iban a matar en la horca. En la estatua aparecen sus palabras:

Calla y ahorca, que ese es tu oficio.”

Igual no hay que ser tan extremista, pero no te traiciones a ti mismo.

Necesitas gustarle a todo el mundo

La diversidad implica que no puedes gustarle a todo el mundo. Bien por lo que piensas, por lo que no piensas, lo que haces o dejas de hacer… incluso por cómo vistas.

No se puede complacer a todo el mundo, quieras o no hacerlo.

Para una persona complaciente es indispensable gustar a todo el mundo, aunque los deteste. Es la necesidad de aceptación y sentirse integrado lo que le mueve a hacer lo que quieren los demás, a satisfacerles.

Se convierte en su títere muchas veces sólo por eso.

Para mí resulta un tema complicado, aunque muy instructivo, del que hablar, porque durante una época yo cubría casi todos los puntos que aquí menciono. No con todo el mundo, pero sí con ciertas personas.

Resulta muy duro levantarte un día, mirarte al espejo y, sabiendo que eres una persona fuerte, que has superado muchas cosas que otros ni se imaginan… ver que te has convertido en una auténtica marioneta que mira al que tiene enfrente para ver si está contento con tu decisión.

Una decisión que, realmente, no es tuya.

A veces aparece esa sorpresa de golpe, como una bofetada que te despierta y te incita a moverte. Otras veces, puede ser un cambio más lento. Sin embargo, hay que llevar a cabo ese cambio.

Porque si te pierdes en lo que quieren otros… ¿Qué harás si se van? 

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