Mis finanzas personales

¿Cuántas cuentas tienes?

¿Para qué usas cada una?

¿Tienes el síndrome de las mil cuentas, y calderilla en todas ellas?

¿Sabes en qué te tienes que fijar a la hora de elegir un banco?

¿Para qué usas el cajero

¿Eres de los que primero miran el saldo… para ver si pueden sacar dinero?

¿Te has planteado alguna vez lo que cuesta, simplemente, vivir bajo un techo?

¿Cuántas tarjetas tienes? ¿Sabes cómo se usa cada una? ¿Lo que implica?

¿Te controla tu dinero? ¿O lo controlas tú a él?

 

Es totalmente cierto que el dinero no da la felicidad, pero también es cierto que, tener dinero… te hace dormir más tranquilo.

También es verdad que los bancos pueden prestarte dinero, para que puedas comprar cosas que tú sólo no podrías.

La pregunta es: ¿hasta cuándo? ¿Cuál es el límite? Y más importante, 

¿a qué precio?

 

No hay que intentar ser el más rico del cementerio

Tampoco quiero decir que hay que convertirse en un personaje de los cuentos de Dickens, o ser el tío Gilito, pero… la cruda realidad es que, tener una estabilidad financiera, te da seguridad.

Te deja dormir tranquilo.

Y eso…

Sólo se consigue desde dentro. Granito a granito.

 

El dinero no crece en los árboles

Hace unos años, yo gastaba todo lo que entraba en mi cuenta. Es más, como trabajaba por objetivos, si sabía que iba a cobrar incentivos, me los gastaba incluso antes de que me los ingresaran en cuenta.

Y de esto no hace mucho, estoy hablando de 2011. 

Fue algo muy inteligente por mi parte, para qué nos vamos a engañar.

Lo único que puedo decir como defensa, es que llevaba trabajando un año, eran los primeros euros que estaba ganando… y gastando por mi cuenta. ¡Era invencible!

De todas formas, lo más irónico del asunto es que, en ese momento, yo estaba en un departamento para conseguir ahorradores, captar dinero hacia fondos de inversión y otros productos de ahorro. 

Es decir, incitaba a ahorrar a la gente, pero era incapaz de hacerlo yo misma.

El dicho de: “En casa del herrero, cuchillo de palo” nunca lo he visto tan de cerca.

 

La pregunta es: ¿Por qué ahorrar?

 

Si la realidad te ha pegado ya más de una bofetada porque no has ahorrado nunca, puedes hacerte a la idea.

Yo, que en aquel entonces me veía imparable, me quedé congelada en el sitio cuando la realidad asomó la cabeza y, como Jack el de “El resplandor“, me dijo: Holaaaaaaa

Y joder, tuve suerte, tengo que reconocer que para considerar que no tengo mucha suerte, aquella vez la tuve.

¿Por qué? Jack no me buscaba a mí, sólo quería pasar a saludar para buscar a su víctima.

Porque no me echaron a mí, echaron a mi compañero.

¿Y sabes por qué? Porque aunque era un buen asesor, llevaba un mes flojo.

Un mes flojo, y el mes anterior se había comprado un coche, y ya tenía una hipoteca.

 

Si las barbas de tu vecino ves cortar... Pon las tuyas a remojar

 

El problema de tener suerte es que, el primer pensamiento que tiene una persona ante estas situaciones, siempre es:

-No he sido yo, ¿cómo iba a ser yo?

-Es que él tenía papeletas, a mí no va a pasarme

Y sigue con la misma actitud. ¿Para qué prevenir… si no me ha pasado a mí?

Pero lo cierto es… que si no te organizas y tienes un colchón de seguridad, tu vida puede cambiar radicalmente en tan solo unos minutos.

No solo en el trabajo, o con el dinero… en cualquier aspecto.

Para mí, que era mi primer trabajo, que vivía al día… Si me echaban, no podría ni pagar mi piso de alquiler…

Supuso una bofetada.

Una bofetada helada.

Si me echaban, tendría que volver al pueblo, con mis padres, dejar de disfrutar una independencia que llevaba 5 años disfrutando.

Y, en plena crisis… a saber cuándo volvía a tener trabajo.

Mi situación no era la peor, tengo que admitirlo… Sin embargo, igual de mala. A cada uno le duele su pata.

Y así, empecé a obsesionarme con el trabajo. Con ser la mejor, con hacerlo mejor que el resto.

Vivía para trabajar, y me culpaba de cualquier gasto extra que hacía. Cualquier lujo que me consentía.

¿Tú te sientes culpable cuando gastas?

 

Ni tan corto, ni tan largo.

Mesura.

Todo se centra en la estabilidad. Y en no desvivirte.

La vida ya es demasiado complicada de por sí como para querer complicarla más.

Tengo que reconocerlo. Me costó tiempo.

Necesité meses de prueba y error, equivocarme, preocuparme en exceso, gastos compulsivos puntuales, más culpabilidad…

Y, lo peor de todo, es que yo conocía los métodos.

Sabía lo que tenía que hacer, lo que debía hacer… Mientras que la otra parte de mi cabeza me decía lo contrario.

Sabes el problema, pero... ¿Cómo resolverlo?

Para una persona que se considera cuadriculada, tener un método, unos pasos a seguir… es un flotador salvavidas.

Y yo soy ese tipo de persona.

Me gusta el orden, que las cosas tengan un sentido (por lo menos, que lo tenga en mi cabeza, aunque el resto no lo entienda), que siga un proceso determinado.

Que funcione.

Por eso, aquellos meses de adaptación hacían que me debatiera entre seguir y parar.

Continuamente.

No lo entendía. Mi cabeza no lo procesaba.

Yo no era capaz de entender cómo, si conocía todos los elementos, aquello no funcionaba. 

1 + 1 no podía ser 3

Me frustraba.

Estaba haciendo algo mal

 

Lo peor de estar haciendo algo mal es: saber que haces algo mal, pero no sabes el qué.

¿Te ha pasado? ¿Has empezado a hacer una prueba tras otra, sin ton ni son, y ves que todo falla y no sabes por qué?

Si tu respuesta es no, por favor… dime cómo lo haces.

Sin embargo, si tu respuesta es sí… Creo que debes saber perfectamente esa sensación.

Esa… frustración por sentirte impotente contigo mismo.

Siempre dicen que el primer paso para resolver un problema es reconocer que tienes un problema, que es el primer paso para encontrar la solución.

Lo que no te dicen es ¡esa solución! 

 

¿Cómo vas a resolver un problema si no sabes la solución?

 

Me sentía como en un examen de la Universidad. 90 minutos de examen para 4 preguntas de 4 respuestas con verdadero/falso en la que te empezaba a puntuar si acertabas 3 de los 4 apartados, y un ejercicio numérico de 5 puntos.

Para mí, el aprobado residía en hacer bien el ejercicio (los test y los verdadero/falso siempre se me han dado de pena, porque si dudo entre dos, la respuesta que no marco es la buena). 

Yo en ese examen, dependía del ejercicio. Y en ese maldito ejercicio, el resultado del primer punto (que se arrastraba durante los 4 puntos restantes) me salía mal.

¿Y por qué me salía mal? Porque ese ejercicio tipo siempre tenía un resultado positivo, y a mí me estaba dando negativo. Yo sabía que estaba mal. Yo, y todo el mundo.

Pasé, de esos 90 minutos, más de 60 revisando el maldito apartado, hasta que me levanté y le dije a la profesora: Sé que esto está mal, ¿puedo poner una X y arrastrar el resultado con la X para poder poner el planteamiento del resto del problema? Porque he empezado con este ejercicio, me queda media hora, y no he seguido con el examen.

Su respuesta: Sí, pero si no hay resultado, te contaremos un 30% por planteamiento si lo pones bien.

Perfecto.

 

 

Iba a caer. En picado. Hasta el fondo

 

¿Mandé todo a la m****a? No. A los de mi pueblo nos llaman cabezudos por algo.

Seguí haciendo el ejercicio, y cuando quedaban 5 minutos de examen, vi el maldito error

¡Me había equivocado en un signo!

¡Un signoooooooooooo!

Miré el reloj, 4 minutos. A una velocidad que no sabía ni yo misma que podía teclear en la calculadora, empecé a hacer las cuentas. Cuentas, papel, cuentas, papel… Y lo acabé.

Nota del examen: 5,75

Revisión del examen: 5 en el ejercicio, 0,75 en el verdadero/falso

Encontré el método

 

Acordándome de aquello, me dije que seguramente lo que me estaba pasando con mis propias cuentas sería un problema de enfoque.

Un error en el planteamiento.

Y me negaba a pensar que, hasta mis últimos 5 minutos, no lo averiguaría.

Me niego a no vivir mi vida como quiero si soy yo la que voy a tomar mis decisiones.

¿Qué hacer?

Mirar hacia dentro.

¿Cómo hacerlo?

Siguiendo unos pasos muy muy muy simples.

¡Eh, Ana! ¿Y dónde están?

¡Pues en Imperfectos!

Si tú también...

  • Te has sentido perdido en tus cuentas
  • Te has cansado de ver que no puedes usar tu dinero para lo que realmente quieres
  • No ha pasado ni la mitad del mes y has pensado: ¿pero adónde se ha ido mi dinero?

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