Qué es lo que realmente se necesita para cambiar algo

Es absurdo hacer las cosas como siempre las hemos hecho, esperando resultados diferentes

Albert EINSTEIN

A simple vista, esta frase no tiene mucho misterio.

Sin embargo, a mí, que a veces me da por pensar en cosas que no piensa la gente normal (por ejemplo, la semana pasada sorprendí a Enrique diciéndole que su madre tiene un patrón con él de comidas… Lunes-garbanzos, Martes y Jueves – judía verde con carne, Miércoles – legumbre u otra verdura y carne, y viernes lasaña y albóndigas)… pues cuando leo una frase así, la paso… y a los días me acuerdo de ella.

Y es que, aunque no tenga misterio, hacemos lo absurdo… esperando lo diferente.

En qué consiste el cambio

Un cambio de hábito no siempre consiste en hacer algo completamente nuevo, sino en hacer una cosa que ya sabíamos… pero de forma diferente.

De primeras, el cambio provoca rechazo, porque hay que crear de nuevo la rutina, pero no es imposible.

Sólo hay que dejar de hacer algo de toooodo lo que siempre haces.

La rutina

Por ejemplo, yo tengo el hábito de, nada más levantarme, arrastrarme hasta tener mi taza de café en la mano. Y leer el periódico digital durante 15-20 minutos antes de empezar a hacer cosas.

La rutina que sigo sería:

  • Levantarme
  • Ir al baño
  • Marchar directa a la cocina a poner la cafetera
  • Volver al baño para lavarme la cara
  • Abrir las ventanas para ventilar
  • Desayunar mi buen café con una tostada con mi mezcla de tomate natural rallado, aceite, sal, ajo picado y perejil.

Toda la rutina la repito en automático día sí, día también. A excepción del fin de semana, que cambio de desayuno.

Llevo tanto tiempo haciéndolo en ese orden que, aunque fuera con los ojos cerrados no me tropezaría. No hay error, ni esfuerzo por mi parte.

Cualquier hábito se centra en la repetición de una rutina hasta interiorizarla y poderlo hacer en automático.

La zona de confort

Y ese estado de piloto automático… es lo que asociamos como zona de confort.

Esa actividad, como no cuesta llevarla a cabo porque nos la hemos aprendido, por ser siempre igual, nos resulta cómoda, fácil.

Plantearse cambiarlas, alterarlas, enciende un piloto de alerta en nuestro cerebro, porque se altera dicha rutina, no sabes si el resultado va a ser el mismo, diferente para bien, o diferente para mal.

Y ese efecto riesgo hace que nuestro sistema de supervivencia se active.

Aprender a cambiar

Si algo está funcionando ahora, ¿por qué iba a querer cambiarlo? ¿Y si va a peor?

¿Y si fracaso?

En todo proceso de aprendizaje, de cambio, hay posibilidad de error.

Por eso es un proceso, porque lleva un esfuerzo personal asociado para intentar evitar que falle.

¿Por qué hacer ese esfuerzo extra?

Porque la zona de riesgo es:

  • El único lugar donde se puede aprender algo nuevo.
  • Hay riesgo, pero no implica que vaya a peligrar tu integridad.
  • Siempre hay que sufrir un poco.

Todo el mundo quiere la felicidad sin sufrir ningún dolor, pero no puedes ver el arco iris si no ha llovido un poco antes

Anónimo (creo)

Hay que tener claro que la zona de riesgo no es lo mismo que la zona de conflicto. Aunque ambas puedan salir de tu zona de confort, en la segunda no controlas lo que está pasando, únicamente se sufre. Y un cambio no implica llegar a ese extremo.

El primer paso para cambiar

Al final, siempre que aparece el elemento riesgo es porque tenemos una expectativa sobre algo que puede ocurrir.

Por ejemplo, tú contratas un seguro del hogar porque puede que ocurra algo en tu casa que tú no puedes controlar, y quieres estar cubierto. Igual que, centrándonos más en nuestro día a día, unos padres pueden querer que su hijo estudie y se saque una carrera porque tienen la expectativa de que su hijo, gracias a un título, pueda tener más posibilidades de encontrar un trabajo mejor, darle opciones para que su vida sea más sencilla.

Lo que se espera que ocurra, en esos casos, es que gracias a lo que hacen antes, tengan más facilidades después.

Por eso, se habla de dos tipos de expectativas:

Expectativa positiva

Tu mente espera que, con las acciones que tú llevas a cabo, consigas algo que mejore tu situación actual.

Se trata de esa voz en tu cerebro que te impulsa a seguir avanzando, esa voz activa, que hace que quieras conseguir las cosas.

Podría decirse que es el “tengo que hacer” que conecta tus acciones con los objetivos concretos que te has marcado.

Expectativa negativa

Las excusas, la pereza… La voz pequeñita, pasiva, que se adentra sacando los contras que pueden surgir, los inconvenientes por llevar a cabo ese cambio.

Te muestra los fallos pasados, el esfuerzo en vano… o el ni siquiera haberlo intentado. Se trata de ese “intentaré”, que liga directamente a tus fracasos personales y que, cuando vuelve a ocurrir, aparece en forma de coartada con un “lo intenté, pero como tantas otras veces… no salió como esperaba

Te auto engañas, porque no lo haces. Aunque dices que lo vas a intentar, dejas pasar el tiempo sin hacer absolutamente nada.

Por eso, siempre que creas que no vas a poder llegar a la meta, establece objetivos intermedios más pequeños… Después de todo, las pequeñas victorias pueden hacer que acabes ganando la guerra

Segundo paso para cambiar

En el momento en el que tu cerebro se ilusiona con una expectativa positiva, con lo que puede llegar a conseguir, la adrenalina impulsa las primeras acciones.

Como vivimos en un mundo acelerado, esperamos siempre los cambios inmediatos, con resultados. Sin embargo, la vida real nos recuerda una y otra vez que muy pocas veces se consigue sin dos elementos básicos y fundamentales:

Implicación

Si volvemos al tema de los estudios, déjame preguntarte: ¿Cuántos años has estudiado para poder tener un trabajo?

Me refiero, en mi caso, por ejemplo, aunque podía haberme salido a trabajar con dieciséis años y haber empezado a ganar dinero, que es lo que quiere todo el mundo a esa edad… seguí estudiando hasta los veintidós.

Y aunque prácticamente acabé la carrera trabajando, todavía me costó un año y medio poder mantenerme con carácter continuo y sin ningún tipo de ayuda.

La implicación a la hora de conseguir un objetivo, el cambio que quieras marcar de aquí en adelante, requiere siempre:

  • Tiempo
  • Ayuda/apoyo de tu entorno
  • Un motivo (el tuyo, y el de nadie más)

Compromiso

Es sencillo echar para abajo una teoría, o volver a la antigua rutina si no vemos resultados rápidos… porque para hacer algo distinto y no “conseguir” nada a cambio, me quedo como estaba que por lo menos ya lo conocía.

Hablamos de un proceso.

El cambio siempre es un proceso, una transformación, y para llevarlo a cabo tienes que estar comprometido contigo mismo y con lo que quieres conseguir.

Desde el primer momento, y por la razón por la que sabes que vas a salir de tu zona de confort para entrar en la de riesgo, es porque sabes que:

  • Renuncias a algo
  • Vas a sudar
  • Asumes las consecuencias

Porque esperas (al menos, esperas) que una vez se haya pasado eso, llegue la gratificación.

Las dos preguntas para plantearse un cambio de hábitos

Nadie ha dicho que sea fácil, o difícil. Siempre va a depender de tu predisposición a ese cambio. Tus ganas.

Tu deseo.

Por eso, antes de pensar en modificar cualquier cosa de tu vida, deberías contestar a estas dos preguntas:

Por qué lo hago

¿Cuál es tu expectativa? ¿Dónde estás ahora? ¿Adónde quieres ir? ¿Qué quieres conseguir exactamente? Define tu gratificación, tu mejora, tu futuro.

Para cambiar, hay que visualizar lo que se quiere conseguir a cambio. A veces, podemos querer alterar un proceso y, cuando hemos llegado, decir: “La madre que me parió, ¿para esto he estado jodido… y agradecido?

No, lo que realmente queremos es sentirnos bien, aliviados, agradecidos de verdad.

Por quién lo hago

Tu actitud no es la misma ante un cambio cuando lo haces por ti a cuando lo haces por otra persona. Lo siento.

De hecho, por eso siempre se ha dicho que no hay forma de hacer cambiar a una persona. Puede hacerlo, eso no es discutible, pero es mucho más fácil que vuelva a actuar igual que antes tarde o temprano.

Si nos han pedido que cambiemos, y decidimos hacerlo por otro, nuestro cerebro igual no está de acuerdo y manda señales equivocadas, porque una parte de ti no quiere hacerlo.

Sólo lo lleva a cabo por obligación.

¿Por qué cambiarías tú? ¿Cómo lo harías?

Las tres razones para llevarlo a cabo

Saber el por qué te motiva y te levanta en los momentos de duda, pero lo que te hace mantener el compromiso y la implicación en ese proceso, son las razones que tú le recuerdas a tu cerebro.

Tener la seguridad de que controlas tu propia vida

Quieres controlar tu vida. Saber que lo haces por ti, para conseguir algo que anhelas, es lo que te da esa seguridad para dar un paso detrás de otro.

No hacerlo porque te lo piden los demás, sino porque es tu decisión, es lo más importante. Nadie define el ritmo, ni las acciones que hay que llevar a cabo para conseguir el objetivo. 

Eres tú, y sólo tú, el que controla todo el proceso.

Necesidad de aceptación, quieres sentirte querido

A veces, es bueno estar solo. Necesitas encontrarte cómodo en tu propia compañía antes de poder estar a gusto con otra gente

Sacada de una serie, pero no recuerdo cuál y no lo apunté 🙁

Si no estás bien contigo mismo, sentirás falta de cariño allá donde vayas.

Y con cariño, me refiero a apoyo, a comprensión.

Dependiendo del cambio que quieras llevar a cabo, puede que cueste más o menos hacerlo, incluso puede que la gente a tu alrededor no lo entienda al principio porque se sale de lo establecido como normal.

No es que te odien, o que estén en tu contra. Es sólo que no lo ven con tus ojos, los argumentos que crean sus cabezas son diferentes porque ellos no se han planteado ese cambio.

La aceptación tiene que venir de uno mismo, porque es tu motor, es lo que te impulsa y te hace querer seguir.

Tiene que tener sentido, creer que lo que haces… merece la pena

Un día el espejo me dijo: “Consíguelo”

Nach

Tu por qué.

A veces aparecen dudas porque renuncias a lo conocido, al terreno llano. Y los que no han visualizado el final como lo has hecho tú pueden preguntarte si te merece la pena tanto sacrificio.

Si volvemos a mi ejemplo anterior, con los estudios… Había veces que, después de pasar horas y horas estudiando, llegaba al examen y me ponía tan nerviosa que me quedaba en blanco, incapaz de contestar ninguna pregunta.

En primero de carrera, de hecho, cuando vi que de seis asignaturas que me había presentado, había suspendido cuatro, llamé a mi madre llorando (no había suspendido jamás antes jajajaja) y diciendo que no era capaz, y que no valía la pena pagarme una matrícula cuando ni siquiera sabía contestar a las preguntas… (en un examen, me había dejado verbos, dejando totalmente inconexas las frases)

Mi madre me preguntó: ¿Por qué estudias?

Y dejé de llorar, extrañada con la pregunta. Para mis padres, era importante que yo estudiara porque los dos habían empezado a trabajar muy pronto, y se habían forjado la carrera profesional a base de prueba y error, y una escalera escarpada y complicada. Querían que mi hermano y yo tuviéramos la posibilidad de subir por una escalera menos empinada (o con más opciones).

Yo estudiaba por eso, porque sabía que podía facilitarme el camino después. Por supuesto, de esto me he dado cuenta con el paso de los años, en aquel momento estuve llorando más de dos horas… Pero volví a presentarme, y fui perdiendo nervios.

Total, peor no lo podía hacer, ¿no? Y, sin embargo, a mejor siempre podía ir…

La situación empezó a cambiar. Tuvo sus altibajos, como todo en esta vida, pero hay que seguir mirando hacia delante.

¿En qué situaciones has querido cambiar y no lo has conseguido? ¿Por qué? ¿Qué harías diferente? ¿Todavía lo quieres conseguir?

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